La misión central del Banco Central de la República Dominicana es resguardar la estabilidad de precios, pero ese objetivo no supone que los bienes y servicios se abaraten ni que se recupere el poder de compra erosionado. El planteamiento desarrollado en el texto separa con claridad inflación y nivel de precios: una canasta que pasa de 100 a 110 pesos y luego a 115 continúa encareciéndose, aunque el aumento avance a menor ritmo. Para el consumidor, la preocupación no es solo el porcentaje, sino la suma de incrementos que ya se arrastran.
Esa distinción lleva a examinar con más rigor los efectos reales de la política monetaria. El Banco Central no determina el precio del pollo, el arroz o los alquileres, pero sí influye sobre la cantidad y el costo del dinero mediante la tasa de política monetaria y la administración de la liquidez. Allí surge el dilema de gestión: cuando reduce liquidez o eleva tasas para contener presiones inflacionarias, el crédito se vuelve más caro y se frenan el consumo y la inversión; cuando el entorno lo permite, puede dar impulso a la economía. La estabilidad, en consecuencia, no se mide únicamente por el lenguaje técnico, sino por su impacto en la vida cotidiana.
El episodio de agosto vuelve a subrayar esa advertencia institucional. El BCRD dejó su tasa de política monetaria en 5.25 % anual, mientras la inflación subyacente de julio se colocó en 4.96 %, apenas cuatro centésimas de punto porcentual por debajo del techo del rango meta de 4.0 %, con un margen de un punto porcentual hacia arriba o hacia abajo. El dato confirma que la vigilancia sigue siendo necesaria y que, aun dentro del rango, la presión sobre el bolsillo sigue siendo un terreno en el que la ciudadanía tiene motivos para exigir resultados, no solo explicaciones técnicas.
