La muerte de un joven en Guajimía, en Herrera, a manos de un agente policial, convirtió en crisis política un problema que durante años se toleró como si fuera normal. El video del hecho, que desató indignación en las redes sociales, se sumó a los reclamos que reactivaron los cacerolazos y elevaron la presión sobre el Gobierno dominicano, ya inquieto por el costo social y político de esos abusos.
En el Palacio Nacional, según plantea el texto, hace rato advirtieron la dimensión del problema, pero la respuesta aparece marcada por el retraso. El intento de rebautizar los “intercambios de disparos” como “intervenciones” o “acciones legales” no cambia el fondo de denuncias sobre prácticas incompatibles con la vida en democracia y con un ordenamiento jurídico donde no existe la pena de muerte. Ahí se instala el contraste entre discurso y realidad: mientras se habla de control, persiste la percepción de encubrimiento.
El artículo también recoge que desde el oficialismo se respondió a dirigentes opositores recordándoles cifras, nombres y fechas de gobiernos anteriores. Pero ese cruce político no despeja la exigencia central de la sociedad civil: fiscalización real, no maquillaje verbal. El punto de fondo sigue siendo que echar tierra sobre los excesos policiales no resuelve una alerta institucional que ya golpea la credibilidad de la gestión.
