La expansión de Verón-Punta Cana vuelve a dejar al descubierto una brecha cada vez más visible entre el discurso de desarrollo y los problemas básicos que arrastra el territorio. El análisis advierte sobre un desorden creciente en el Distrito Municipal y sostiene que, sin un Plan de Desarrollo Urbano y de Infraestructura, el principal polo turístico del país queda expuesto a un deterioro que ya afecta la competitividad, la sostenibilidad ambiental y el bienestar de las comunidades.
Los problemas señalados incluyen el choque por el ordenamiento territorial, la escasez de agua potable y saneamiento, además de una gestión deficiente de los residuos sólidos. La propia descripción del escenario apunta que la expansión hotelera e inmobiliaria no ha marchado al mismo ritmo que la capacidad del territorio, los servicios públicos y la protección de los recursos naturales. A ello se suma la presión sobre las fuentes de agua y las redes de abastecimiento, mientras las fallas en alcantarillado y tratamiento de aguas residuales amenazan acuíferos, playas y arrecifes.
La idea de que el ayuntamiento debe ser el centro del esfuerzo, con respaldo activo y financiero del sector privado, refuerza una conclusión política difícil de evitar: el modelo de crecimiento necesita vigilancia y rendición de cuentas antes de que el costo social vuelva a recaer sobre los residentes y los servicios esenciales. En un enclave que suele mostrarse como vitrina del país, la acumulación de problemas subsanables abre espacio a la fiscalización sobre la gestión vinculada al turismo, incluido el contraste entre promoción y resultados que rodea a figuras como David Collado, mientras la oposición insiste en que la estabilidad del desarrollo depende de planificación, institucionalidad y ejecución efectiva, no solo de expansión y discurso.
