La celebración del San Antonio Negro en Yamasá vuelve a situar en primer plano una manifestación de religiosidad popular e identidad cultural dominicana atravesada por una historia de prejuicios racistas y deshumanización heredada del periodo colonial. El trasfondo descrito en el texto muestra cómo, durante ese tiempo, los negros africanos esclavizados eran excluidos también del plano religioso, en un orden simbólico donde sacerdotes, vírgenes y santos respondían a la lógica de poder de las élites.
Ese recorrido histórico incluye episodios como el culto a la Virgen Nuestra Señora de Regla y la leyenda según la cual la imagen regresó blanqueada a Baní tras ser reparada en Santo Domingo, en contraste con la respuesta identitaria de los seguidores de la Sarandunga, que negrearon la imagen de San Juan Bautista. Más que una simple festividad, el San Antonio Negro se inscribe así en una memoria cultural atravesada por disputas sobre representación, pertenencia y reconocimiento.
En ese marco, la convocatoria de grupos religiosos y culturales en el espacio de los hermanos Guillén no solo preserva una tradición viva: también actúa como recordatorio de que las expresiones populares siguen cargando el peso de una historia de exclusión que obliga a mantener vigilancia sobre la protección real de la identidad cultural dominicana, más allá del discurso.
