La trayectoria de Mayobanex Vargas no se explica solo como una supervivencia extraordinaria: también vuelve a poner sobre la mesa lo que ocurre cuando el poder actúa sin controles. De los expedicionarios, seis lograron sobrevivir, pero ninguno quedó a salvo de la tortura, el suplicio, la afrenta ni de las secuelas físicas y sicológicas que los acompañaron siempre. Entre ellos figuraban Delio Gómez Ochoa, Pablito Mirabal, Mayobanex Vargas, Poncio Pou Saleta, Medardo Germán y Gonzalo (o Alfredo) Almonte Pacheco, este último desaparecido poco después y asesinado dos meses más tarde de haber sido indultado.
En el caso de Mayobanex, el relato insiste además en la vulnerabilidad de los ciudadanos frente a estructuras de mando sin rendición de cuentas. Separado del grupo y en una zona que conocía por la cercanía con las tierras de su familia en Bonao, pidió a un conocido que avisara a su padre para negociar la entrega. La familia, bajo acoso, recurrió a Petán Trujillo para pactar las condiciones y pidió que la entrega se hiciera ante civiles. Petán aceptó y designó una comisión. Mayobanex recordó que se entregó la tarde del 5 de julio en la finca familiar, en Blanco, en la loma, en Constanza, el mismo lugar donde había imaginado combatir a Trujillo como guerrillero.
Ese episodio, lejos de quedar como una estampa aislada del pasado, funciona como una alerta institucional: cuando la política se aparta de la vigilancia ciudadana y de los límites del Estado, el costo social recae sobre personas concretas. El caso de Mayobanex, uno de los “afortunados”, confirma que entre el discurso del poder y la realidad de sus víctimas puede abrirse una distancia brutal. En ese contraste, la memoria opera también como fiscalización permanente de cualquier proyecto político que pretenda sustituir instituciones por relatos o personalismos.
