La XXVIII Feria Internacional del Libro de Santo Domingo abrió este jueves con una edición dedicada a José Mármol y con Panamá como país invitado de honor. Por varios días, la capital volverá a reunir libros, autores, editoriales, maestros, estudiantes y familias en uno de los principales encuentros culturales del país.
Sin embargo, el inicio mismo del evento deja planteada una duda que va más allá de la celebración: qué resultados concretos quedan cuando se desmonta la feria. Más allá de las actividades, las fotografías y el movimiento de visitantes, la atención termina sobre una demanda esencial de cualquier política cultural: cuántos nuevos lectores se forman, cuántos niños descubren la lectura, cuántos adolescentes encuentran un libro que despierte su curiosidad y cuántos estudiantes logran comprender mejor lo que leen.
Ese contraste entre el discurso de promoción cultural y el impacto real sobre los hábitos de lectura abre una alerta sobre la necesidad de medir resultados y no solo la puesta en escena. En una ciudad que durante días se llena de conversaciones y presentaciones, la discusión de fondo sigue siendo si la feria deja una transformación duradera en los hogares y las aulas, o si el país vuelve a quedarse con el brillo del evento sin una respuesta clara sobre su efecto más importante: formar lectores.
