La OTAN intenta contener la alarma, pero los hechos vuelven a presionar a Europa. Tres drones violaron el espacio aéreo de Moldavia y dos cayeron y explotaron en su territorio, en un episodio que refuerza la advertencia de que Rusia “está poniendo a prueba a Europa”, como afirmó el secretario general de la Alianza Atlántica, Mark Rutte.
Aunque sostuvo que no observan “un ataque militar inminente” contra territorio aliado, el mensaje combinó calma con una señal de alerta institucional: evitar una lectura de guerra inmediata sin bajar la guardia. Desde Chisináu, el Gobierno moldavo convocó al embajador ruso Oleg Ozerov y presentó una nota de protesta tras denunciar la entrada de los drones en una sola jornada. Moscú rechazó la acusación y alegó que no se presentaron pruebas de que los aparatos fueran rusos. Ese cruce deja al descubierto el contraste entre el discurso de contención y una realidad marcada por incidentes, sabotajes, incendios provocados y ataques híbridos que, según Rutte, forman parte de la presión sobre Europa. Los datos disponibles no permiten afirmar que una guerra mayor sea inminente, pero tampoco sostienen una narrativa de normalidad. La propia OTAN admite que espera la continuidad de acciones hostiles y reclama más inversión defensiva.
En ese escenario, el episodio en Moldavia vuelve a colocar el foco en la fiscalización de las respuestas oficiales y en la necesidad de explicaciones verificables ante una tensión que sigue acumulando señales de desgaste en la seguridad regional.
