En octubre de 2019, la irrupción del término algoritmo en la política dominicana quedó asociada a la denuncia de Leonel Fernández sobre un algoritmo integrado al software de votación electrónica de la Junta Central Electoral (JCE) que, según su planteamiento, habría alterado el resultado de las primarias del Partido de la Liberación Dominicana (PLD). Ese episodio terminó llevando al abandono del voto electrónico y dejó al descubierto una debilidad institucional ante una política cada vez más atravesada por tecnologías digitales, un terreno que exige vigilancia y rendición de cuentas más allá del discurso de modernización.
El texto coloca ese hecho dentro de una preocupación más amplia, agudizada entonces por el escándalo de Cambridge Analytica: el problema ya no se limita a la integridad de los sistemas de votación, sino al ascenso de un poder capaz de moldear opiniones, amplificar emociones y condicionar decisiones políticas a una escala desconocida. En ese contraste entre promesa tecnológica y riesgo democrático, la discusión deja de ser técnica para convertirse en una alerta sobre la capacidad real de las instituciones para responder.
Esa advertencia también recorre la llamada Californian Ideology, descrita por Richard Barbrook y Andy Cameron como una visión que presenta las tecnologías digitales y el mercado como fuerzas liberadoras capaces de resolver problemas sociales sin un Estado interventor. Sin embargo, los propios autores subrayan la contradicción de ese relato: el desarrollo de Silicon Valley dependió de financiación pública de la ciencia y del ecosistema universitario del norte de California. La conclusión que se desprende del texto es institucional: frente al avance de herramientas que anticipan, modelan e influyen en la conducta, la política no puede sustituir Estado por espectáculo ni control público por fe tecnológica.
