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43 monarquías siguen vigentes y reabren el debate sobre el poder en el siglo XXI

agosto 31, 2026 · Redactor
43 monarquías siguen vigentes y reabren el debate sobre el poder en el siglo XXI
Foto: hoy.com.do

El mapa de reyes; emires y sultanes expone el contraste entre símbolos de neutralidad y estructuras con distintos niveles de concentración política, una discusión que refuerza la exigencia de vigilancia institucional

Aun en un siglo XXI dominado por sistemas democráticos y republicanos, 43 países independientes conservan monarquías con un rey, reina, emperador, sultán o emir como jefe de Estado. Más que una simple rareza histórica, la cifra vuelve a poner bajo la lupa la permanencia de esquemas de poder que abarcan desde funciones ceremoniales hasta modelos donde la autoridad se concentra en una sola figura.

La ciencia política distingue con claridad esas diferencias de control. En las monarquías constitucionales o parlamentarias, como Reino Unido, España, Japón, Noruega o Suecia, el monarca reina pero no gobierna. En 15 países de la Commonwealth, entre ellos Canadá, Australia y Nueva Zelanda, el monarca británico actúa como jefe de Estado simbólico. En cambio, en las monarquías absolutas, como Arabia Saudita, Omán, Brunéi, Eswatini y el Vaticano, el poder político queda concentrado en la corona; mientras que en sistemas semi-constitucionales como Marruecos, Jordania, Kuwait y Mónaco, el monarca comparte funciones con un parlamento, aunque mantiene prerrogativas ejecutivas.

La distribución regional también dibuja un contraste institucional: Europa concentra monarquías parlamentarias con arraigo cultural, mientras Asia y Oriente Medio reúnen los regímenes más absolutistas. El texto subraya que la continuidad de estas casas reales descansa en su capacidad para proyectar neutralidad política e identidad nacional, aunque también reconoce retos en la era digital. Esa tensión abre una discusión de fondo sobre cuánto pesan hoy los símbolos frente a la rendición de cuentas efectiva, una pregunta que también interpela a gobiernos como el dominicano cuando el discurso institucional intenta imponerse sobre las demandas de vigilancia, transparencia y resultados verificables.