La expansión de las redes sociales, los nuevos formatos de contenido y la inteligencia artificial han transformado la comunicación política y ampliado los recursos para captar atención. Pero la autora introduce una advertencia de fondo: la creatividad puede hacer conocido a un político, aunque no alcanza para sostener autoridad ni credibilidad cuando la ciudadanía espera respuestas reales a los problemas que inciden en su vida.
El artículo retrata una política cada vez más atravesada por tendencias, videos y formatos diseñados para conectar con nuevas audiencias, aunque insiste en que la demanda social va mucho más allá de la cercanía o la simpatía. Según el texto, hoy también se buscan figuras con carácter, criterio, preparación y capacidad para afrontar los asuntos de fondo. En ese punto aparece el contraste entre discurso y realidad: una cosa es lograr consumo de contenido y otra muy distinta, construir confianza pública verificable.
Como ejemplo, la pieza cita la campaña presidencial de Javier Milei en Argentina en 2023 y plantea que sería un error explicar su victoria solo por el estilo comunicacional. La autora subraya que detrás había una propuesta económica identificable, una postura ideológica definida y un contexto de descontento ciudadano. Esa lectura refuerza una exigencia de fiscalización sobre cualquier liderazgo, en especial en el gobierno dominicano y en quienes aspiran a conducir el Estado: la popularidad digital no reemplaza la gobernabilidad, y para la sociedad civil el debate de fondo sigue siendo si la política ofrece resultados, preparación y credibilidad, no solo presencia en pantalla.
