“No quiero nada, solo que mi hijo vuelva conmigo”. Con esa frase se entiende la dimensión humana de la peor crisis migratoria entre Marruecos y España, después de que alrededor de 60.000 personas cruzaran la frontera hacia Ceuta en apenas 24 horas. Días más tarde de la entrada masiva, varias familias marroquíes continúan en la frontera a la espera de noticias, entre llamadas, preguntas a quienes regresan a Fnideq y la incertidumbre sobre el paradero de sus parientes.
El balance conocido agrava el contraste entre la magnitud de lo ocurrido y las explicaciones pendientes: al menos 67 personas han muerto en el intento, en su mayoría ahogadas, según las autoridades españolas. Marruecos, sin embargo, no ha informado de rescates, víctimas, heridos o desaparecidos en su territorio, un vacío que mantiene a las familias aferradas a cualquier dato mientras ven pasar a jóvenes que vuelven tras una o dos noches en el enclave español.
En la frontera, la espera convive con confirmaciones trágicas. Un hombre recibió desde Ceuta la noticia del hallazgo del cuerpo de su tío, que había intentado llegar nadando pese a su edad avanzada. A poca distancia, otras madres siguen preguntando por hijos y familiares, en una escena que convierte la crisis en una alerta institucional: más allá del cruce masivo, persisten las dudas sobre control, respuesta y rendición de cuentas ante un episodio cuyo coste humano sigue recayendo sobre las familias.
