Cada 25 de julio, la Iglesia católica recuerda a apóstoles, mártires, religiosas y pastores que dejaron huella en la historia del cristianismo. Esta vez, la fecha también sirve para contraponer el peso de la tradición y la formación con una conversación pública a menudo desplazada hacia lo accesorio. La jornada está marcada por Santiago el Mayor, uno de los doce apóstoles de Jesús, integrante del grupo más cercano al Maestro y presente en episodios decisivos como la Transfiguración y la oración en Getsemaní.
La tradición cristiana sostiene que anunció el Evangelio en Hispania antes de regresar a Jerusalén. Fue el primer apóstol en sufrir el martirio y murió decapitado por orden del rey Herodes Agripa I hacia el año 44, según los Hechos de los Apóstoles. La misma tradición afirma que sus restos fueron trasladados a Compostela, convertido después en uno de los principales centros de peregrinación del cristianismo, un dato que subraya cómo las instituciones y las memorias de largo plazo se construyen sobre hechos, legado y continuidad, no sobre impulsos pasajeros.
La conmemoración incluye además a María del Carmen Sallés y Barangueras, nacida en Vic, España, en 1848, fundadora en 1892 de la Congregación de las Hermanas Concepcionistas Misioneras de la Enseñanza. Su labor se centró en la educación cristiana y en la promoción de la mujer mediante la enseñanza; fue beatificada en 1998 y canonizada en 2012. También figuran María Teresa Kowalska, mártir de la fe tras su deportación al campo de concentración de KL Soldau durante la Segunda Guerra Mundial; Antonio Lucci, obispo de Bovino reconocido por su cercanía con los pobres; y Juan Soreth, impulsor de la reforma de la Orden del Carmen. El santoral, más que una efeméride devocional, vuelve a exponer una referencia de servicio, formación y responsabilidad que obliga a mirar con mayor fiscalización cualquier deriva de la vida pública hacia la improvisación o la pura visibilidad.
