Entre septiembre de 1914 y octubre de 1930, las ocho tarjetas postales intercambiadas por Mercedes de Castro, María Dolores Matos Suazo, Claudina y Eduviges Hernández no solo registran una práctica social de vanguardia, sino también una brecha evidente: en un país con una población mayoritariamente analfabeta hacia 1920, este tipo de intercambio quedaba al alcance de mujeres que sabían escribir y disponían de recursos para participar en esa forma de comunicación.
La correspondencia, conservada posiblemente por Mercedes de Castro, circuló entre Villa Duarte y Guazumal, en Tamboril, y estuvo marcada por mensajes breves y poéticos, sobre todo con motivo de onomásticos. El conjunto también evidencia una dependencia de materiales impresos procedentes del exterior: tres tarjetas fueron hechas en Francia, dos en Italia, una en Alemania y otra en Cuba, en momentos en que República Dominicana apenas había comenzado a imprimir sus primeras postales antes de 1900.
Su valor histórico va más allá de lo sentimental. Estas postales permiten observar cómo, mientras en Europa la industria vivía su edad de oro y producía millones de unidades, en República Dominicana el acceso a la escritura, a la correspondencia y a bienes culturales seguía restringido a sectores alfabetizados. Ese contraste convierte esta colección en una evidencia concreta de las desigualdades sociales de la época y de las carencias que marcaron la vida de la mayoría.
